Se jubila después de 38 años y le vais a regalar un reloj
Media vida en el mismo sitio y la despedida es una placa, un jamón y una colecta a 10 € por cabeza. La historia de Manolo — y del café «que resucita» — enseña otra manera de despedir a un compañero.
8 de julio de 2026

Piensa en tu compañero que se jubila. Ahora piensa en lo que le vais a regalar. Si la respuesta es «una placa», «un reloj» o «un jamón y una tarjeta firmada por todos», sigue leyendo, porque hay un problema de proporciones: esa persona ha pasado más horas con vosotros que con su familia durante décadas, y la estáis despidiendo con el mismo regalo que a un proveedor.
No es tacañería — la colecta sale a 10 o 15 € por cabeza, como siempre. Es que nadie sabe qué comprar que esté a la altura de 38 años. Spoiler: no se compra. Se cuenta.
La historia de Manolo (y del café que resucita)
(La historia que vas a leer la montamos nosotros con retales de historias reales de nuestro alrededor, y la pasamos por Tararea de verdad: la canción, la página de regalo y el librito que verás existen y puedes abrirlos.)
Manolo llevaba desde los diecinueve en el mismo taller. El primero en llegar cada mañana, el del café «que resucita» (secreto confeso: «no lavar nunca del todo la cafetera»), el del grito de guerra «¡esto no se va solo!» cada vez que había que quedarse. Le llamaban «el Jefe» sin haber sido jefe nunca — desde el día en que el dueño nuevo preguntó quién mandaba allí y dieciséis personas le señalaron sin ponerse de acuerdo. Trabajaba con la caja de herramientas de madera de su padre y, si te veía apurado, la llave que necesitabas aparecía en tu banco sin comentarios.
Sus dieciséis compañeros juntaron todo eso — cada uno soltó dos recuerdos en el grupo de WhatsApp — y lo contaron en la entrevista de Tararea. Salió una rumba con palmas que se llama «El que resucita», para cantarla todos a una en la comida de despedida. Escúchala aquí, con su historia:

Por qué esto gana a la placa (matemática emocional)
La placa dice «gracias por estos años». La canción dice qué años: el café, el grito, la caja de su padre, ser el Jefe sin serlo. La placa acaba en un cajón; la rumba se canta en la comida, se la lleva a casa con su librito en PDF — imprimidlo y que lo firmen todos, eso sí — y cada vez que suene, el taller entero vuelve a estar allí.




Logística para el organizador de la colecta (sabemos que eres tú): pide a cada compañero 2 recuerdos concretos por el grupo — frases que dice, manías, la anécdota que siempre se cuenta de él. Con 10-12 recuerdos, uno de vosotros hace la entrevista en un cuarto de hora. La primera canción es gratis; con la colecta de siempre os sobra para los packs si queréis más versiones… y para el jamón, que tampoco hay que ponerse radicales.
Para el viernes que viene llega
La canción se escucha en minutos, así que sirve incluso si la despedida es esta semana. Y hay un detalle que ningún otro regalo de jubilación tiene: cuando Manolo la ponga en casa y su familia pregunte «¿y esto?», va a tener que contarles quién era él en el taller. Ese momento — contarse a sí mismo — es el regalo de verdad.
¿Te ha servido? El corazón nos ayuda a saber qué escribir.
